Amplios sectores de la sociedad española insisten en considerar una actitud progresista la defensa del derecho al aborto. Y dentro de dicha defensa, el grado de modernidad parece incrementarse a medida que se eliminan barreras para el ejercicio de ese derecho y se adopta, cada vez más, la postura de que un embarazo es algo así como un juanete, que a cualquiera le sale en un pie y que si quirúrgicamente puede eliminarse, ¿por qué no evitar la molestia que supone?

Por otro lado la defensa de posturas contra el aborto o, dicho de otra manera, a favor de buscar soluciones a los embarazos no deseados, ajenas a la interrupción de la gestación de un ser humano, parece haberse convertido en materia que solo las más arcaicas derechas o los sectores más cerrados del integrismo religioso están dispuestos a defender.

 

Es preciso romper esta imagen interesada propiciada por los intereses políticos de muchos, entre ellos el partido que ocupa el gobierno de España. Matar no es progresista y defender que en este mundo no sobra ni un solo ser humano no es ni mucho menos una característica política de la reacción o de la derecha ultramontana.

Hoy en día abortar no es sino el resultado criminal de llevar a sus ultimas consecuencias el individualismo y la falta de valores humanos de nuestra sociedad. Ser irresponsables ante los propios actos no nos hace más libres, simplemente nos convierte en seres inmaduros y carentes de capacidad alguna para afrontar con garantías una vida plena como personas integras y miembros de una sociedad.

Las facilidades que hoy en día se ofrecen a toda la sociedad y especialmente a los jóvenes, para que los embarazos no deseados se reduzcan al máximo, mediante los métodos anticonceptivos, debieran hacer del aborto una solución innecesaria.

La existencia de gran cantidad de personas que hoy en día desean por encima de cualquier otra cosa, poder adoptar un bebe, debería convertir el aborto en una actividad totalmente incomprensible desde el punto de vista social.

La afortunada libertad que se ha impuesto a la hora de reconocer socialmente las diversas opciones familiares de las personas, liberadas hoy en día de muchas de las ataduras morales que en el pasado supusieron la maternidad y la paternidad, debiera hacer del aborto, la última de la opciones a tener en cuenta por cualquier persona mínimamente informada y madura.

Pero es que incluso por encima de todas estas consideraciones, que racionalmente deberían abocar al aborto a la desaparición como práctica aceptable, hay otras cuestiones. Está el hecho, irrefutable, de que el aborto, además de dañar, tal vez de manera irreversible, a la madre que aborta, supone evitar voluntariamente que una persona llegue a nacer. Y esto es, se mire como se mire algo que no está bien y que ninguna ley puede permitir. Algo que no puede estar bien, se vea desde la óptica que se vea, sobre todo por ser hoy en día, la decisión de abortar, una decisión totalmente voluntaria y nunca una verdadera necesidad, como se nos hace creer.

Por creencias religiosas o por simple humanismo, es posible afirmar que una sociedad que en lugar de encarar las aparentes inconveniencias que supone un embarazo fuera de lugar, basándose en valores superiores y aplicando efectivas políticas de apoyo a las madres, se abandona a una solución fácil y criminal, demuestra ser la quinta esencia del egoísmo. No podemos aceptar que eso sea, en modo alguno, progresista.

Falange Auténtica sabe donde está y defiende sus valores con coherencia allá donde corresponda. En este caso es claro que a favor de la vida y en contra de las soluciones basadas en la falta de conciencia y de humanidad, que encima nos quieren hacer pasar por medidas a favor de la igualdad, la libertad o el progreso.


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