José Manuel Cansino

Cuesta trabajo imaginar a un miliciano republicano abrazado a su fusil bailando al son de "Suspiros de España", pasodoble que como es sabido arranca invocando la voluntad Dios y no precisamente en forma de blasfemia. Más forzada resulta la escena cuando el joven miliciano que encarna el actor Alberto Ferreiro está enrolado en el V Ejército del Ebro a las órdenes de Enrique Líster, comunista sanguinario de larga vida política (llegó a ser destacado miembro de Izquierda Unida) y conocido por el sobrenombre de "el carnicero". En cualquier caso, como recurso cinematográfico sirve de acertado marco al director de "Soldados de Salamina", David Trueba.

El periodista Javier Castro-Villacañas calificó a esta película como la película del centenario de José Antonio y a juicio de quien esto escribe efectivamente lo es. Para justificar lo anterior no sólo basta ver en la pantalla grande al fundador de la Falange en las otrora repetidas imágenes de la Paramount Pictures sino que además esta vez y para disgusto de la censura progre y liberal, los sentimientos del espectador descansan del lado inhabitual; el azul. El espectador acaba casi siempre del lado de las víctimas. Las víctimas demacradas, asustadas, humanas muy humanas sacadas en la Barcelona de 1939 del buque prisión Uruguay para ser fusiladas por la espalda en el santuario del Collell, cerca de la frontera francesa.

En esta ocasión los falangistas cambian la brillantina, las botas altas y los bigotillos recortados por el uniforme y el rostro de condenado a muerte. Son los prisioneros de guerra de un ejército republicano derrotado, batido en retirada, con tan poca convicción que ni siquiera remata a los supervivientes del caótico fusilamiento colectivo lo que permite a Rafael Sánchez Mazas sobrevivir en alianza interesada y, a la postre, leal con sus "amigos del bosque".

El autor de la Oración por los caídos de la Falange, sobrevive efectivamente al plomo fraticida y con ello el miliciano que acaricia al mosquetón al son de "Suspiros de España", el mismo que perdona la vida al falangista agazapado entre zarzas y barro, regala a la literatura española varios años más de la prosa del literato bilbaíno. Porque esa es otra.

Otra es coger a traición al espectador de la obra de Trueba o al lector de la novela del mismo título de Javier Cercas y descubrirle sin anestesia que en Falange había literatos, había poesía y, para colmo del desconcierto inicial, ni tan siquiera eran malos estos "fachas", al menos escribiendo que no es poco. "Soldados de Salamina" es la contrapelícula. Una cinta que nunca se hubiera rodado de haber esgrimido las Raquel Paredes o Pilar del Castillo su guillotina cultural a los productores Andrés Vicente Gómez y Cristina Huete. Me juego veinte duros a que no recibirá Goya alguno salvo acaso y a modo de dulce venganza a la actriz María Botto, una vidente lesbiana -Conchi- que se pasa la película tratando de meter mano a la protagonista, Lola Cercas (Ariadna Gil).

Será precisamente Cercas quien a diferencia de la novela, y sin que ello suponga muestra de calor alguno para con lo azul, suelte a bocajarro al envejecido miliciano aquello de no creer que ninguna persona deba ser asesinada ... tampoco los falangistas.

Las guerras son grandes y graves fracasos colectivos. El protagonista principal es el dolor aunque participen actores secundarios en forma de héroes o criminales; unos y otros jalonan los episodios bélicos escribiendo su historia sobre los jirones de piel arrancados a los muertos, a los muertos malos, a los muertos buenos y a los muertos inocentes que siempre son los más.


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