Por Francisco Ortiz Lozano

Después de siglos y siglos en que la unanimidad de nuestros antepasados tenían claro lo que es una familia, vivimos ahora tiempos "de cambios". Cualquier medio de comunicación, sobre todo esa mayoría de los medios sujetos al clan socialista de Polanco, prensa, radios, televisiones públicas o privadas, insisten en "reeducar" a los españoles y cambiarles su esquema sobre conceptos básicos de convivencia y sociedad. Ya sea en debates, documentales, informativos, telefilms (como la paradigmática "Aquí no hay quien viva") o, sobre todo, mediante reality shows de máxima audiencia entre nuestros mayores (como "La tarde con Cristina", "El diario de Patricia", "Andalucía Directo" y muchos más que escapan a mi interés), la consigna es idéntica a la formulada por los políticos políticamente correctos. El gobierno socialista de Zapatero y partidos como Izquierda Unida, Esquerra Republicana de Catalunya, Chunta Aragonesista, Bloque Nacionalista Galego, Partido Comunista de las Tierras Vascas, etcétera, proclaman que una pareja de homosexuales, a la que se concederá estatuto de matrimonio, también es una familia con respecto a los niños huérfanos que adopten (y no me refiero a los hijos de dichos homosexuales, que, lógicamente, son sus hijos y forman parte de su familia).

Los medios utilizados y la manera de echar carne en el asador de la gran maquinaria que lava nuestros cerebros, me dejan estupefacto. Y aún más estupefacto me quedo cuando compruebo la continua tergiversación y maleamiento de los mensajes del poder. En Andalucía, Canal Sur tiene convencidas a las inocentes criaturas enganchadas al ente mediático de la Junta -espiral lavatoria y centrifugadora- de que todo aquel que ose oponerse a que una unión de homosexuales sea llamada matrimonio y de oponerse a que puedan adoptar niños huérfanos, es un ser indeseable, perverso y que odia a los homosexuales.

Habrá que clamar otra vez ante esos sordos que oyen bien, pero que no quieren oír, que no se trata de homofobia o de desigualdad en derechos.

Es mucho más sencillo. Sencillamente, una familia es lo que es y no lo que quieran disponer quienes mandan o quienes se dejan llevar por la vorágine de lo políticamente correcto o de la mayoría o minoría dominante. Una familia es una unión de un hombre y una mujer (unión convivencial con vocación de futuro, sea matrimonio civil o canónico o sin registrar), susceptible de traer hijos al mundo, de forma amorosa. Porque si un niño no viene de forma amorosa, por ejemplo producto de una violación, el fecundador será un despreciable e inmerecido padre biológico, pero "padre de familia" no. Y la familia, en este caso, estaría formada por la madre y el hijo.

La familia es la célula básica de la sociedad. La sociedad es el conjunto de las personas, cualitativa y cuantitativamente hablando. Sin embarazos y sin partos no hay personas, y sin nacimientos de personas no hay sociedad. Es muy simple.

Una pareja heterosexual es fecunda por naturaleza. Puede traer uno, cuatro u ocho hijos al mundo. Por lo tanto forman una familia y "crean y crían criaturas", aportan personas a la sociedad. Podría ocurrir que se tratara de una pareja estéril o con problemas médicos para procrear; entonces, su contribución a la sociedad quedaría en un intento vano, y se trataría de una familia infructuosa por motivos de fuerza mayor, pero tan respetable como las demás. O puede ocurrir un absurdo: que una pareja decida no tener hijos. Podrá ser una pareja enamorada y hasta encantadora, pero no es una familia. No quieren aportar personas a la sociedad.

Mis abuelos paternos tuvieron nueve hijos; los maternos, otros nueve; mis padres, cuatro hijos; mi mujer y yo, dos hijas. Ellos fundaron y mi mujer y yo hemos fundado una familia. Fueron y somos células básicas de la sociedad. Entregamos hijos en aras de la renovación biológica de la sociedad.

Una pareja homosexual no puede fecundarse; se trata de una implacable norma natural. Pueden ser, sí, dos personas enamoradas y tan respetables como las demás. Forman parte de la sociedad. Por lo tanto, tendrán derecho a ser respetados y a desenvolverse libremente en la sociedad. Como todos, nacieron de una relación heterosexual. Ellos o ellas, a priori y por norma natural implacable, incorregible, incontestable, no traerán hijos al mundo. Por lo tanto no pueden ser fundamento para una familia. No deben adoptar. No deben ser referencia en la formación integral de la personalidad de un niño huérfano. Un niño tiene derecho a un padre y a una madre, a un modelo masculino y a un modelo femenino, y no a dos padres o a dos madres, a un modelo exclusivamente, impositivamente masculino, o a un modelo exclusivamente, impositivamente femenino.

La reforma de la Ley no pretende esa supuesta justicia e igualdad de la que hablan, sino que trae en sí el germen de una política rastrera interesada, de la confrontación y de la destrucción del concepto de familia tradicional. Es decir, lo que siempre pretendió la izquierda socialista y comunista. En los regímenes socialistas y comunistas los homosexuales fueron tratados tan mal como en el resto de las sociedades, y jamás los políticos de izquierda osaron ni tan siquiera mencionar una figura jurídica convivencial para parejas homosexuales. Pero ahora tienen la sartén por el mango y no pueden desaprovechar la oportunidad de enredar y conseguir votos a precio de saldo. No se trata, aunque también, sólo de simples maniobras de distracción sobre otros graves problemas, como el de la desprotección de la familia en España. Estamos hablando de la siembra de una cizaña confusionista sobre conceptos básicos que definen nuestra sociedad, nuestra Historia y nuestro futuro.

La palabra "familia" procede del sentido figurado de otra palabra usada inadecuadamente; viene de una especie de "mote". En latín, "famulus" es "esclavo". Y el prestigio de un señor, patricio o plebeyo, derivaba del mayor o menor número de esclavos que poseía. Un gran tropel de esclavos, bien o mal tratados, constituía la "familia" de ese señor. Ya en tiempos augústeos, la palabra latina "familia" se impuso no sólo a los esclavos, sino a la mujer y a los hijos que "poseía" un hombre, cuando éstos eran muy numerosos. La asimilación de la palabra "familia" al matrimonio con hijos estaba motivada, pues, si bien con bastante mal gusto, cuando los hijos que tenía un hombre formaban un gran tropel. Existía un concepto autoritario del "cabeza de familia", incluso con patria potestad sobre la vida y la muerte, que hoy nos repugna. Con el tiempo y con no pocas dosis de cristianismo, las buenas leyes consiguieron la corrección moral de las cualidades y prerrogativas del padre, así como la extinción de la esclavitud. Por ahí debe ir la eterna búsqueda de la justicia.

Pero aquello que en realidad quisieron decir nuestros antepasados al aplicar de forma impropia, pero consciente, la palabra "familia" de esclavos al matrimonio con hijos, es que se trataba de una institución, cuya característica fundamental era la fecundidad consecuente del amor entre un hombre y una mujer: la "prole" que traía al mundo y aportaba a la sociedad.

Corrijamos, sí, que "familia" también sea la de pocos hijos o la de cuando no hay hijos porque no se puede buenamente. Pero no despojemos a esa palabra, tan traída y tan llevada, tan rechazable en sus orígenes y tan entrañable ahora, de lo único que le queda de su definición: la fecundidad. Sin padre y madre no hay hijos. Sin hijos no sobrevive la sociedad. Lo demás es libre, respetable y forma parte de la sociedad. Pero no es familia.


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