En un editorial anterior, titulado De Río a Johannesburgo, exponíamos nuestro temor a que de ésta última Cumbre de la Tierra, nuevamente, y como en tantas otras ocasiones, sólo saldrían bonitos documentos, fotografías de rigor que se verán en todo el mundo y muchos abrazos y pamplinas, pero pocas soluciones prácticas para un problema que a medio plazo puede tener consecuencias irreversibles e impredecibles.

El propio Secretario General de la cumbre reclamó en la sesión de apertura el fin del "apartheid" que divide el mundo entre ricos y pobres. Este llamamiento y las demandas de un desarrollo sostenible y respetuoso con el medio ambiente han presidido las distintas jornadas de la cumbre. También el presidente de Sudáfrica, país anfitrión, pidió a la ONU el paso inmediato de las palabras a los hechos.

En esta misma página se ha afirmado rotundamente que el Desarrollo Sostenible es meramente una cuestión de voluntad. Mientras los poderosos no quieran, no habrá Desarrollo Sostenible posible. De nada sirve recordarles machaconamente que es imprescindible acabar con la brecha que separa a los que tienen acceso al agua potable y los que no la tienen, los que tienen acceso a la energía y los que no lo tienen. Prefieren seguir ignorando que más de 800 millones de personas malviven con menos de un dólar diario, dos mil millones carecen de energía y casi una cuarta parte de la población mundial no dispone de agua saneada para consumo básico.

Había muchas esperanzas en el desarrollo de esta Cumbre de la Tierra, frente a la de Río (1992) que ha pasado a la historia como la de las promesas incumplidas. Esta de Johannesburgo debería ser la que fijase los acuerdos vinculantes, con calendarios de actuación, presupuestos y mecanismos de control para el cumplimiento de los objetivos marcados en los principales puntos de la agenda: agua, salud, energía, agricultura, pobreza, medio ambiente y comercio mundial. Sin embargo, tanto los medios de comunicación internacionales como los propios delegados asistentes a la cumbre, estaban mucho más preocupados por la ausencia de Estados Unidos en la misma, y por el mal despertar de su presidente, empeñado nuevamente en bombardear Irak, que por los debates sobre los temas expuestos anteriormente. Como dice el periodista Manuel Alcántara "Estados Unidos se niega a asumir compromisos concretos. ¿Qué importa que ser reúnan 50.000 delegados de 100 naciones?. El emperador está en su rancho. Su país es el más rico del mundo y el que más contamina el aire que es de todos".

Visto lo visto, tendremos que esperar a una nueva cumbre, y a que el mandatario yanqui de turno se levante con buen pié, para que las promesas puedan hacerse realidad, alcanzar el Desarrollo Sostenible y conseguir un mundo mucho más humano, justo e igualitario. De lo contrario y volviendo a Manuel Alcántara "las generaciones futuras, que no tendrán más remedio que llamarnos degenerados. Se cagarán en sus padres y en sus abuelos por haberles legado una pocilga con olor a gas de efecto invernadero y unas cuantas, distantes, suites de lujo".

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