El criterio del presidente Sánchez en torno a las graves jornadas del “procés” catalán aparentemente ha convencido a los siete magistrados encargados de juzgar la cuestión. Aunque Sus Señorías gozan de perfecta salud visual y no niegan que violencia –lo que se dice violencia- la hubo sobradamente en el entorno del 1-O no aprecian, sin embargo, que los líderes independentistas instigaran premeditadamente su uso estratégico como medio para declarar la independencia catalana. Como consecuencia de ello la sentencia del Supremo ha sido por delito de Sedición, no de Rebelión. Un “no fue para tanto” que aliviará considerablemente las penas para los encausados... e invitará a los CDR -y a otros elementos radicales del independentismo catalán- a una violencia mayor si su deseo es que el Alto Tribunal los tome verdaderamente en serio.

Desde esta perspectiva resulta preocupante el ingenuo irenismo del ministro del Interior, Fernando Grande-Marlaska, cuando declara no temer disturbios en Cataluña por la sentencia y su convencimiento en que las críticas se exterioricen de forma pacífica. Efectivamente, se trata del mismo Marlaska que expresó el malestar del Gobierno por el “inoportuno” discurso del jefe de la Guardia Civil en Cataluña, el general Pedro Garrido, que el miércoles 9 de octubre provocó que los mandos de los Mossos abandonaran un acto conjunto de homenaje a la Patrona del Benemérito Instituto.

Para Falange Auténtica, muy lejos del criterio socialista de Sánchez y su equipo, la alocución no pudo resultar más oportuna y prueba de ello fue la “espantá” de los guardias catalanistas. Porque siempre son de recibo las palabras de un alto mando policial si son para ensalzar la firmeza y confiabilidad del Estado de Derecho, especialmente después de una sentencia que el propio Garrido habrá interpretado como blanda; y porque, en España, si alguien sabe de violencia es la Guardia Civil. Marlaska, que algo aprendió de lucha antiterrorista en los tiempos en que mandó a la cárcel a Otegi, ya es más político que Magistrado.

Nada que objetar. O tal vez sí, ya que en Cataluña se ejerce la violencia a diario. Una violencia sorda, ambiental, institucionalizada, “de sentido común”. Es la violencia contra todo lo español, contra todo cuanto muestre un atisbo de verdad histórica o de justicia redistributiva (a ver si nos enteramos: la riqueza y “superioridad” de Cataluña la construyó Franco hurtando inversiones en toda la España central y meridional). Es la violencia de los patios de colegio, de los centros de trabajo, de las gradas del Camp Nou, de las inmediaciones de las casas cuartel. La violencia verbal, la amenaza del vacío social, la agresión de la lengua usada como espada, la coacción identitaria “a cascoporro”. Una violencia ante la que los catalanes piden auxilio a una España que, socialista o popular, vuelve la cara para otro lado. 

Fiel a su historia, no es que el PSOE necesite más violencia para romper su idilio con los separatismos, pues es un partido capaz de traicionar hasta la memoria de sus muertos. La verdadera cuestión es que el PSOE –que también es un partido que sólo encuentra su identidad en las referencias al pasado, jamás mirando al futuro- no puede superar la alianza que firmó en 1936 con el independentismo. En su infantilismo patológico Sánchez, como Zapatero, más que pensando siguen sintiendo en términos de gran coalición contra el fascismo, paradójicamente encarnado en la España democrática y pacífica que resplandece de equilibrio frente a la paranoia catalanista. “El Ejército del Ebro una noche el río pasó, ay Carmela, ay Carmela…”    

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