¿Quién podía dudar que la acción ilegal e injusta de los EE.UU. y Gran Bretaña sobre Irak, traería consecuencias?

Aparte de Bush y Rumsfeld, que aparentemente creían que la vida real es como los dibujos animados o las películas de Hollywood, es probable que nadie tuviera demasiadas dudas sobre el resultado de la disparatada aventura criminal de los marines en mesopotamia. El terrorismo, lejos de haber sido erradicado, ha encontrado nuevas razones para su lucha. Ahora ha sido la sede de la ONU en Bagdad, a medida que la resistencia iraquí se reorganice, es más que probable que objetivos externos, lejos de Bagdad o Tikrit, empiecen a sufrir el ataque de suicidas o bombas que causarán tragedias personales entre muchos que incluso alzaron su voz para oponerse a la guerra.

Nada de lo que se hace queda sin consecuencias, y los ataques a Afganistán e Irak, no son una excepción. Sin duda, nos aguarda una dura posguerra, en la que no podemos olvidar que los españoles estamos bien metidos. Nuestras tropas y todos nosotros, representamos a los ojos de los acólitos de Sadam o de Bin Laden, una potencia occidental claramente alineada junto al terrorismo criminal de los Estados Unidos de América. En la vida real, nadie tiene derecho a atribuirse el papel de gendarme del mundo, ponerse al pecho la estrella de sheriff que llevaba Gary Cooper en sus películas e impartir justicia a base de masacre y ocupación en otros países. Ni el 11 de septiembre, que no debemos olvidar tiene un origen en anteriores atropellos sobre el mundo árabe, ni los intereses de EE.UU. e Israel en Oriente Medio, merecen soluciones que empeoran más aún la situación internacional. Recapitular, reflexionar y tomar la decisión valiente de replantear las relaciones internacionales, sería un buen comienzo para llegar a la meta de la paz.

Sólo podemos volver a declararnos contrarios a la política imperialista de George Bush y rezar para que no sean demasiado caras las facturas que libradas a su nombre nos toque pagar a nosotros.

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