¿Qué pasa para que cuando la crisis amenaza, todavía tengamos que escuchar a más de uno clamar al estado para que los sectores económicos afectados más directamente, en este caso el inmobiliario, reciban ayuda para ser reflotados?

 

Adalides del liberalismo en los tiempos del pelotazo y de la especulación, demasiados grandes empresarios se acuerdan de que forman parte de una comunidad organizada y con un estado protector, cuando ven que sus cuentas de resultados empiezan a darles serios disgustos.

Si algunos de ellos hubieran sabido recortar sus beneficios. Si hubieran optado por modelos de desarrollo sostenible, en lugar de basar sus beneficios en la especulación y en la creación de la burbuja inmobiliaria que tenía que estallar y estalló. Si al hacer sus planes de desarrollo hubieran tenido en cuenta a dónde estaba llegando la sociedad en niveles de endeudamiento. Si hubieran reconocido a donde se dirigía la inflación de precios en los bienes más necesarios. Tal vez así las empresas que hubieran optado por moderar beneficios y por garantizar, para empezar, que sus trabajadores no perdieran nivel adquisitivo al ritmo que lo han estado haciendo, no tendrían ahora motivos para estar mendigándole al estado ayudas para seguir ganando, con la amenaza, nada desdeñable, por cierto, de llenar las colas del paro hasta el infinito si no reciben las ayudas.

 

De nada servirá que los agoreros del libremercado ahora digan que todo volverá a su cauce. Ya lo sabemos y aún así no podemos admitir que ese sea nuestro único destino. Pensamos en nuestra gente, en nuestro pueblo, en los que se levantan cada día para ir a trabajar, como dijo alguno que seguramente sabe bien poco de los esfuerzos que cada día nos toca hacer a los trabajadores para encima no llegar a final de mes. Merecen, merecemos que el estado no sea simple espectador d los avatares de las personas sino que tome cartas en el asunto y ponga a trabajar a todos sus sabios para variar el rumbo de nuestra economía. Para colocarla en el camino de la estabilidad. Para basar el crecimiento económico en algo menos voluble que la construcción desordenada por todas partes, con su preocupante coste ecológico. Para que no nos conformemos con darnos servicio unos a otros sin darnos cuenta que el día que uno pierde el trabajo deja de consumir y tres días después, al que este nuevo parado ha dejado de comprar, se ha convertido también en un parado más.

 

Hay que avanzar hacia un modelo más justo, basado en las necesidades de las personas y en la mejora del nivel de vida general y no tan solo en el enriquecimiento de los que controlan la economía global. Es preciso que este mundo nuestro, que es cada día más eficiente, no se levante cada mañana para ver como, paradójicamente, cuanta más riqueza sabemos crear y cuanto menos nos cuesta crearla, más pobres y excluidos hay en la Tierra.

 

Son las épocas de crisis las que propician los cambios y así, de ciertas situaciones traumáticas, la humanidad llega a progresar y a mejorar. Ojala esta crisis que parece ya inevitable sirva al menos para algo positivo, y además de sumir a muchos de nosotros en la desesperación y la inestabilidad económica, cuando no en la precariedad y la pobreza, nos traiga la buena noticia de que cambia definitivamente el rumbo económico de nuestra nación y del mundo.

 

Talio

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