Han pasado las elecciones, las últimas de nuestra democracia por ahora. Nos parece muy bien, pero después de casi treinta años de Constitución es hora de parar y pensar como se puede mejorar esta democracia con tantas precariedades y rigideces.

El falangismo democrático apuesta por un ensanchamiento de los cauces de participación pública: más y mejor democracia.

No hace falta salirse del sistema para perfeccionarlo. Con algunos reformas legales en nuestro sistema democrático sería posible la elección de representantes en listas abiertas en lugar de las cerradas y bloqueadas que ahora padecemos, sería posible elegir directamente a los alcaldes y no a través de listas de partido, sería posible una reforma del Senado que convirtiera esta institución en una cámara de representación territorial y no en una cámara de segunda lectura de funciones un tanto inutiles.

Todo eso sería posible con unas cuantas reformas en el marco legal que tenemos. Nuetra democracia puede ser mejor. Y además podría ser mucho más democrática si fuera una democracia social y económica, una pretensión original del falangismo cuando aludía a canalizar la participación popular a través de los cauces naturales de convivencia.

 

A estas alturas de la historia es dificil negar representatividad a las asociaciones políticas, pero es igualmente miope pensar que la representación de los intereses del pueblo comienza y termina en los partidos políticos. En los años treinta del siglo XX, José Antonio pensaba en una España asentada sobre la representáción de municipios y sindicatos. Municipio como entidad de convivencia más próximo al ciudadano, y sindicato como organismo por donde canalizar la vida laboral y la participación en la empresa. La España falangista sería un gigantesco sindicato de productores y una gran confederación de municipios y comarcas. La semejanza de este programa nacionalsindicalista con el proyecto del Partido Sindicalista de Angel Pestaña es total. Esa democracia social se concretaría en una gran Asamblea Nacional de muncipios y sindicatos. El franquismo hizo un pantomima con el esquema y lo (mal) llamó democracia organica, pero el propio José Antonio, a pesar de su rapidísima evolución, tampoco tuvo tiempo de limpiarlo de todas las adherencias totalitarias propias de la época y de las que él mismo participó como la mayoria de los políticos de aquellos años.

 

La democracia política es necesaria, y puede ser perfeccionada no solamente con listas abiertas, sino con la eliminación de la disciplina de partido en el Congreso y la creación del diputado de distrito elegido mediante sistema de votación mayoritario. Todo eso es una aspiración viable, pero, ¿por qué renunciar a la democracia social y económica articulada a través de los sindicatos, las asociaciones profesionales, los municipios, las comarcas elevándolos a los máximos órganos de representación popular? Y una pregunta más: ¿por qué renunciar a la elección directamente por el pueblo de las más altas magistraturas del Estado?

Litio

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