Los más veteranos recordarán con una sonrisa al dúo humorístico español formado por Luis Sánchez Polack (Tip) y José Luis Coll. Los más jóvenes, harían bien en buscar en las plataformas digitales alguna de las actuaciones de esta singular pareja de cómicos. Expresaron como nadie un fino humor de raíz surrealista y esperpéntica. Humor blanco en el que todo el mundo cabía, fruto de la inteligencia y del fino estilo para conseguir arrancar carcajadas sin necesidad de tener que despedazar a nadie por el camino. Bien podríamos decir que se trataba de todo un ejemplo de “talento con talante”.
Pero más allá de esa excelencia artística, el dúo Tip y Coll representaban algo más importante en lo que se podría definir como la intrahistoria de las últimas décadas del siglo XX español, especialmente de lo que con devoción muchos consideran la Transición española. Y es que de manera pública y notoria Tip nunca ocultó sus afinidades con la derecha y Coll fue un destacado simpatizante del Partido Socialista Obrero Español. Circunstancia que no era obstáculo para una colaboración fructífera que hizo las delicias de una España ávida de humor y entretenimiento. Una España, en definitiva, que quería dejar las rencillas del pasado aparcadas en los libros de Historia.
Como nombre con el que estuvieron a punto de ser bautizados, “TipiColl Spanish”, algo típico en una España de entonces, en el que las diferencias políticas se dejaban a un lado a la hora de emprender un marco común de convivencia que veladamente pretendía llevar a nuestro país a un panorama de progreso alejado de la confrontación y polarización que había marcado de manera trágica la historia de nuestro siglo XIX y buena parte del XX.
Todo eso existió en la España que muchos vivimos. No hace tanto tiempo. A muchos nos resulta familiar. A los más jóvenes, seguramente que no. Pero este país existió porque el sentir mayoritario de la población era avanzar en un camino común dejando atrás las viejas querellas del ayer. Sobre los viejos fantasmas del pasado poco se podía construir. A lo más que aspiraban era a ser apelaciones emocionales que nublaban cualquier debate racional y constructivo.
De hecho, las izquierdas y las derechas moderaron sus mensajes a lo largo de los años ochenta y noventa. La caída del muro de Berlín y el desmoronamiento de lo que constituía la Unión Soviética y sus estados satélites constituyó un punto de inflexión en el que las grandes construcciones ideológicas se diluían como un azucarillo en un mar de corrupción e ineficacia. Nadie podía mirar, desde la bancada de la izquierda, a ningún ejemplo exitoso de utopía socialista. Casi todas las corrientes ideológicas de uno u otro espectro tendían a parecerse cada vez más. Era el momento de construir sólidos consensos.
En nuestro caso concreto, la derecha representada por el Partido Popular llegaba al Gobierno y, en contra de lo afirmado por sus adversarios, no desmanteló ninguna de las conquistas del estado del bienestar. De hecho, instituyó un fondo para el sostenimiento y sostenibilidad de las pensiones de los jubilados, mejoró enormemente la situación del empleo en España y lo cifró todo en una bonanza económica que afectó a todas las capas de nuestra sociedad. La derecha económica española se civilizaba, disimulaba un tanto su ultraliberalismo y le compraba muchas de las medidas del socialismo español.
Con ello, el PSOE entraba en una profunda crisis, atizada por una mayoría absoluta como un camión de Aznar en el año 2000. Los socialistas dejaron de ser la fuerza política hegemónica del sistema político español y les resultó difícil digerir esta realidad impepinable. Algo parecido pasó en una zona concreta de España, Cataluña, en la que la pérdida del poder por parte de quien se creía imperecedero en el sillón, Convergencia, les produjo una extraña indigestión de la que todavía no se han recuperado. A partir de entonces, con Zapatero en el poder, con el “cordón sanitario” hacia el PP que se formuló tras el pacto de gobierno entre socialistas catalanes y nacionalistas de izquierdas y las maniobras torticeras de la derecha nacionalista catalana se produjo un caldo de cultivo que nos llevó a una polarización política de la que Pedro Sánchez no es más que una de sus peores secuelas.
Estaba claro que como confesaba el ínclito ZP a la izquierda le interesaba la dramatización y la tensión para volver al poder en un contexto de bonanza económica y con los populares instalados en La Moncloa. Por ello, polarizaron todo lo que pudieron a costa de la Guerra de Irak, de la catástrofe del Prestige o de utilizar de manera torticera el mayor atentado terrorista que ha sufrido España, la matanza del 11 de marzo de 2004. A partir de ahí, España se dividió en dos bandos irreconciliables, en dos interpretaciones distintas de la historia común y en dos versiones diametralmente opuestas de lo que sucedió con aquel estrafalario comando supuestamente islamista.
Y aunque esta estrategia de polarización y cordón sanitario permitió a los socialistas conquistar el poder político, dispensando más y más tensión a cuenta de cuestiones tan poco provechosas como la visión maniquea que se desprende de su legislación de memoria histórica, el estallido de la crisis económica derivada de la burbuja inmobiliaria hundió su credibilidad por su incapacidad notoria para gestionar las consecuencias más desagradables de la desaceleración económica. En este contexto, volvería la derecha al poder al mismo tiempo que una nueva fuerza radical de izquierdas hacía su aparición casi por sorpresa: el Podemos de un Pablo Iglesia que despuntaba con un liderazgo omnipotente y estalinista, en el que la propia formación política utilizaba su imagen como el logo inicial de las papeletas electorales.
Pero con Podemos, volvió otra vuelta de tuerca en esta cuestión de la polarización política. Pisando fuerte, la cultura política podemita se había forjado en la toma violenta de universidades al hilo de conferencias que no eran de su agrado y en el escrache a diestro y siniestro hacia todos aquellos oponentes políticos que no seguían los dictados de la extrema izquierda. A este tensionamiento de la actividad política, Pablo Iglesias le llamaba el “jarabe democrático”. Luego, cuando le tocó probar de su propia medicina y cuando era vicepresidente del Gobierno de España, pedía más y más efectivos de la Guardia Civil para resguardar la intimidad de su chalet de lujo en Galapagar. Pero para ganar poder político, se valió de todo tipo de medios, lo vaya a reconocer o no.
Por su parte, los separatistas también hicieron de las suyas, que ese es su motivo de estar en el mundo, enturbiar más las sucias aguas de la demagogia y la crispación. El proceso que supuestamente les llevaría a la independencia produjo una división interna en la sociedad catalana, a costa de la convivencia de las propias familias y entornos sociales. Les daba igual, porque su objetivo secesionista ellos creían que iría tomando forma de una vez por todas, olvidando que se abría paso sobre los escombros de una sociedad fracturada y dividida.
De otro lado, la llegada del sanchismo al poder se produjo en un proceso de aceleración de todas las divisiones internas entre españoles, caldo de cultivo de la propia supervivencia de Pedro Sánchez. Se aceleraron las tensiones entre hombres y mujeres, a costa de la lucha feminista radical, entre homosexuales y heterosexuales, con la escusa de la discriminación e incluso se produjeron nuevas rupturas entre sectores afines, como los encontronazos que tuvo el movimiento feminista con las más radicales tendencias transexuales, racionalizadas o partidarias o no de la prostitución. Un auténtico guirigay que bien nos podría recordar la guerra de todos contra todos de la que nos preveía Hobbes en su Leviatán.
Con todo ello, la polarización y las malas formas se instalaron en la política española. La España de Tip y Coll languidecía ante los proyectos políticos de una casta interesada en seguir en el poder a costa de perjudicar la convivencia democrática. Cualquier motivo era bueno para que nuestra clase política atomizara la sociedad española diluyendo todo tipo de vínculos sociales en la ciudadanía, con el indisimulado propósito de “divide y vencerás”, posibilitando que políticos de escaso valor y corruptos vean garantizada su estancia en el poder, a costa de que el debate político no avance y se convierta en un “y tu más” constante y hasta cierto punto, cansino.
Porque es mucho más lo que nos une que lo que nos separa, desde Falange Auténtica nos ofrecemos a ser el pegamento que una de nuevo la sociedad española en un proyecto común de respeto y convivencia. Para ello, resulta necesario volver a promover los vínculos societarios comunes y poner el énfasis en que solo podremos avanzar como sociedad si participamos en un proceso sincero de escucha y debate sosegado. Es mucho lo que podemos aprender de aquellos geniales cómicos pero, sobre todo, debemos entender como lo hicieron ellos, que por encima de las divergencias políticas, libremente podemos participar en un proyecto compartido de vida en común.
