Por Mendelevio

Los adalides de la eutanasia nos quieren hacer creer que legislan un derecho, el de decidir cuándo morir, pero son los mismos que regulan de forma tozuda y persistente contra la libertad de cómo vivir e incluso morir. Vivimos una persecución normativa contra las bebidas azucaradas, los fumadores y, a este paso, los comedores de carnes rojas. Aparte de tener una intención claramente recaudatoria, se estigmatiza estos productos como perjudiciales para la salud… y ¿la muerte no lo es?

La terminología empleada nos da la clave de las motivaciones de estos promotores de la eutanasia. La llaman con el eufemismo “derecho a una muerte digna”, no utilizan términos asépticos más descriptivos como el de suicidio asistido, que define claramente lo que es. No estamos ante una anécdota, sino con una manipulación más del lenguaje. No emplean una expresión neutral, nos están dando una valoración positiva de la eutanasia e implícitamente se estigmatiza a quienes decidan aferrarse a la vida ¿su muerte es indigna?

Vemos la misma motivación en perseguir al azúcar y el tabaco y fomentar la eutanasia. Ya que el cáncer de pulmón, la diabetes, las enfermedades crónicas y las lesiones medulares cuestan mucho dinero a la sanidad pública, lo mejor es reducir este gasto. Se fomentan hábitos saludables incluso de forma coercitiva y se potencia la muerte rápida del ciudadano que sólo es un gasto. De no ser así, la nombrarían con una terminología neutral y no con un envoltorio tan lingüísticamente atractivo como llamar Tierra Verde a Groenlandia para animar a los vikingos a poblarla.

 Cartel de la película Soylent Green (Cuando el destino nos alcance)

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