por Eduardo López Pascual

 

Ahora, es cierto, suena mal eso de creer en valores humanos tan extraños para algunos como el respeto, ideales, o por venir a cuento en estas fechas, la de fidelidad. Ahora se acusa de nostálgicos, que es lo menos doloso, o de antiguos, cavernas o extremistas a los que como uno, tiene a bien el considerarse leal a unas convicciones o creencias personales sean estas sociales o políticas. Al parecer, o mejor dicho, al deseo de unos, esa clase de gentes está en franca minoría, cosa que naturalmente niego con la mayor de mis energías. Es verdad, digo,  que en estos tiempos están como escondidos esos valores que siempre hemos considerado virtudes de los hombres, que hoy dormitan entre quienes se sienten perseguidos por amar la vida desde su concepción, por defender el respeto a mayores y profesores, por mantener sus principios éticos, por ser fieles a un ideal. Pero en el fondo el humanismo, y más el humanismo cristiano, pervive en el corazón de muchos de nosotros.

Esos valores en los que creemos y que procuramos ejercer aunque como personas nos veamos sujetos a las imperfecciones propias, todavía persisten a pesar de algunos y de vez en cuando, se asoman a la vida cotidiana de cada uno, de los que aun con equivocaciones, queremos que sigan formando parte de nuestro yo más íntimo, de nuestra personalidad. Por eso a mí, que no oculto mi posición humana, social y política, no me asaltan dudas acerca de proclamar, como hago, mi fidelidad a ciertas realidades que a costa del tiempo, quedan ahí, impresas en la emoción y en la inteligencia, donde resalta con fuerza indeleble en mi recuerdo y en mi memoria la figura irrepetible de un hombre tan excepcional como José Antonio Primo de Rivera, fundador de Falange Española en 1933.

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Porque hoy, por encima de manipulaciones previstas, de juicios maniqueos y de calumnias tan viejas como desprestigiadas, José Antonio atrae a un buen número de personas persuadidas de que se encuentran ante la historia de un personaje español admirable en su ejemplo, en su sacrificio, en su pasión por España y los españoles que, en demasiadas ocasiones se olvidan de sus héroes y artistas, soldados y poetas. Habría que revalorizar cosas como la Fidelidad. Desde luego declaro a gala ser admirador de un político que lo dio todo por su país; yo proclamo sin vergüenza ni nostalgias enfermizas, mi fidelidad a quien hace 75 años moría asesinado, legalmente, si eso puede decirse así, por defender precisamente todos y cada uno de esos valores que expongo, y por eso lucho por ser fiel al contenido y al contingente, por ser leal al pan para todos, justicia como valor que no se use a conveniencia, patria para poseer un valor histórico como pueblo. Todo eso conformaba el mensaje joseantoniano, expuesto hasta el último instante, y ese hombre cumple 75 años de su inolvidable sacrificio. Murió, y es verdad, por una patria mejor y más justa un 20 de noviembre abatido por las balas más irracionales.
Yo, siguiendo su mensaje, manifiesto aquí mi fidelidad a su obra y a su ejemplo. Y es más, como pienso que la humanidad se justifica en esos valores de moral y ética, o no será nada, espero que nuestra sociedad u otra cualquiera no olvide la riqueza espiritual y emocional de los hombres como José Antonio Primo de Rivera. No es tiempo de farándulas, pero sí de memoria.


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