Julio Sánchez

El pasado año el Sistema conmemoró a ritmo rimbombante los veinticinco años de la aprobación de la Constitución de 1978; de esa "norma de convivencia que nos hemos dado los españoles, según nos dicen. Sin embargo, a pesar del triunfalismo de los llamados "constitucionalistas, mucho me temo que la "Carta Magna ha supuesto un tremendo fracaso. Basta con fijarse en las consecuencias inmensamente negativas que ha supuesto el esqueleto político-administrativo al que la Constitución dio lugar: el Estado de las Autonomías.

Pero, ¡ojo!, mi valoración no precisamente positiva del Estado de las Autonomías no sobreviene del hecho de que las diversas regiones adquieran un mayor o menor grado de autogobierno. Si bien creo que la descentralización debería tener principalmente como destinatarios a los municipios no creo, por otra parte, que haya un problema en el hecho en si mismo de que las Comunidades Autónomas tengan transferidas competencias desde la Administración Central. El problema surge cuando nos encontramos con un país en el que la falta de proyecto es evidente y como consecuencia de ello vive inmerso en un continuo proceso de desarticulación nacional.

Asumiendo plenamente la idea de patria que teorizó José Antonio Primo de Rivera, entiendo que ésta sólo adquiere sentido en base a la existencia de un proyecto en común, de una empresa colectiva, y no como mera translación o reflejo territorial de una determinada cultura, identidad, raza o lengua. Es por ello que entiendo que España como tal, ha dejado de existir hace tiempo, sólo se hace presente de forma oficial, pero nada más. No lo digo utilizando una retórica catastrofista o incurriendo en argumentos impregnados de exageración sino que es la triste y patética realidad.

Para hacer entender la afirmación anteriormente señalada no son necesarias grandes piruetas filosófico-políticas ni complicados argumentos históricos, simplemente basta con vivir el día a día, con tener una conversación con cualquier persona, con escuchar una tertulia o con ver la televisión. Entonces percibiremos que la inexistencia de España como proyecto es total.

La polémica sobre el Plan Hidrológico Nacional vino a poner de manifiesto que la solidaridad entre CCAA es una mera entelequia; siendo la solidaridad una de las consecuencias más ostensibles de una conjunción de intereses.

Desde diversas CCAA surgen voces que llaman a la reforma de los estatutos de autonomía; por supuesto, no con voluntad de perfección o mejora, sino como un paso más para romper España. Así es en la práctica.

Los escolares en determinados cursos reciben una enseñanza de la asignatura de historia "parcelada y limitada a la Comunidad Autónoma en que viven.

También se percibe esa ausencia de España en detalles aparentemente nimios o "inocentes. Hace unas semanas surgían iniciativas a favor de que las matrículas de los automóviles tuvieran distintivos autonómicos y no precisamente en aras de una sana diferenciación. Ya en su día los nacionalistas vascos y catalanes ante los cambios en la matriculación, propusieron los distintivos "Cat y "Eus. Igualmente y de aparentemente poco importante pero de un indudable y grave valor simbólico puede calificarse al hecho de que en los últimos años, en Navidad, "selecciones de diversas CCAA jueguen un partido de fútbol contra selecciones de países independientes en plena igualdad.

Son sólo algunos ejemplos de los muchos que se hacen patentes de forma diaria.

Y es que nada bueno se puede esperar en un país en el que los dos grandes partidos nacionales no hacen ascos a mantener pactos parlamentarios con el separatismo, en el que la bandera nacional muchas veces supone motivo de polémica, en el que denominarse patriota es sinónimo de todo lo peor y por contra ser nacionalista en alguna de las "nacionalidades históricas implica ser progresista y moderno o en el que se nos habla de "Estado Español como rodeo lingüístico para evitar nombrar a España, como si sólo estuviéramos ante una simple estructura administrativa sin base territorial e histórica.

Mientras tanto, escuchamos que en España impera un nuevo talante porque ZP se ríe mucho o porque algún presentador del Telediario no lleva corbata.


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