En el universo de las ideas políticas el Nacionalsindicalismo aparece como un agregado de conceptos dispersos que nunca ha llegado a sistematizarse satisfactoriamente. Se pueden aducir múltiples razones para explicar este estatus anómalo. Pero, al abordar hoy el tema, no nos mueve el interés historiográfico sino  el puramente doctrinal. La compleja tarea que nos imponemos es la de ensayar una descripción, somera pero íntegra, del Nacionalsindicalismo en sus vertientes política y económica.

Si bien es posible, y hasta recomendable, tomar en consideración todas las aportaciones habidas a lo largo de sus casi noventa años de existencia es muy cierto que la definición que buscamos puede nutrirse exclusivamente de los textos de José Antonio. Con una salvedad. Si bien todas las bases del concepto nacionalsindicalista se hallan allí, no es menos cierto que se encuentran sepultadas bajo una gruesa capa de retórica, de erudición jurídica, de alusiones metafísicas y hasta de personalísimos juicios de valor que sacrifican la claridad de la exposición a la belleza formal. Lo cual obliga a sumergirse hasta las profundidades de sus escritos.

El Nacionalsindicalismo económico

El umbral de acceso a una correcta sistematización del ideario nacionalsindicalista en lo económico se encuentra en el posicionamiento del tribuno falangista ante el problema de la reforma agraria, “donde se siente el latido de una innegable sinceridad” en opinión de Ian Gibson.

Desde una perspectiva nacionalsindicalista, la reforma agraria que España necesitaba debía acometerse en dos tiempos. Uno: la expropiación forzosa de las tierras fértiles, con indemnización o sin ella. Y dos: la explotación de las tierras productivas en régimen patrimonial familiar y sindical. A este respecto, la conferencia pronunciada por José Antonio en Valladolid el 3 de marzo de 1935 no puede ser más explícita: “la tierra para quien la trabaja”,  la tierra debe pasar a ser propiedad de los campesinos.

En esa misma ocasión José Antonio apostilla que “con el mismo criterio de unidad con que se reorganice el campo hay que reorganizar toda la economía”. Es una exigencia lógica ya que, de otro modo, la doctrina económica del Nacionalsindicalismo incurriría en una incoherencia grave. Lo que se predica para el campo ha de ser necesariamente válido también para el resto de los sectores productivos. No sólo la tierra, también la empresa debe ser para quien la trabaja.

Once meses más tarde, el 26 de enero de 1936, cierra definitivamente la cuestión en Santander, muy cerca ya de ser encarcelado. “(José Antonio) expone que Falange quiere desarticular el régimen capitalista para que sus beneficios queden a favor de los productores…”, puede leerse en la reseña publicada en el número 30 de Arriba.

La influencia del pensamiento marxista se hace palmaria en estos párrafos. A Marx y Engels corresponde, efectivamente, el mérito de exponer al capitalismo como el sistema económico basado en la propiedad privada de los medios de producción. Y aquí, como allí, se aboga inequívocamente porque tales medios pasen a la propiedad de los trabajadores. Este capítulo de los préstamos e influencias que han incidido sobre el Nacionalsindicalismo se completa con un evidente eco del anarcosindicalismo español. José Antonio ya prescinde de la anterior alusión a la propiedad familiar y sindical. Ahora utiliza, en puridad, la lengua de la autogestión.

En definitiva, cuando el Nacionalsindicalismo económico opta porque la propiedad de los medios de producción pase a manos de los trabajadores les otorga todo el poder de decisión en lo que atañe a la gestión de la empresa, sea agraria o de otro cuño. Es muy cierto que el Estado nacionalsindicalista se reserva la función de designar los grandes proyectos universales y colectivos que garanticen la unidad, la pujanza y el progreso de la Patria. Pero el modelo nacionalsindicalista de las relaciones de producción y de la gestión de la empresa es autogestionario.

El Nacionalsindicalismo político

Si la autogestión es defendida en la esfera de lo económico, la coherencia interna del Nacionalsindicalismo apremia a que la representación política se establezca atendiendo a un modelo especular. Y así es, en efecto.

En junio de 1934 José Antonio firma con Sáinz Rodríguez, jefe de Renovación Española, un documento de colaboración conocido como “los diez puntos de El Escorial”. Esta colaboración quedará finalmente en nada pero el documento en sí, redactado ampliamente por el jefe de la Falange, ofrece un material jugoso. La temprana fecha de su redacción confirma, por otra parte, que el modelo político del Nacionalsindicalismo aparece en sus mismos albores y con anterioridad al modelo económico.

En concreto, el punto quinto de este documento se posiciona en contra del denominado sufragio inorgánico que se ejerce a través de los partidos políticos. Una idea que también puede expresarse en sentido positivo en los términos y formas de la democracia directa.

El fundamento de este estilo de democracia descansa en el rechazo de un modelo de elección donde los representantes son, en cierto modo, anónimos para sus electores y sólo cuentan con el aval del grupo de interés privado al que pertenecen, pues no otra cosa han revelado ser los partidos políticos. 

En cambio, para que un candidato pueda llevar a término una verdadera representación de los intereses de sus votantes debe pertenecer al ámbito social de sus electores, ser uno más entre ellos. El ámbito social entendido no a la manera del marxismo, como una clase económica y social en oposición a las otras, sino a la manera del Nacionalsindicalismo, como el entorno delimitado por la función que cada cual cumple en el seno de la sociedad.

Múltiples son estas funciones. Pero, enlazando ya directamente con contenido del punto seis del documento, las más universales entre todas ellas son las de vecino de algún lugar y las de profesional en alguna actividad productiva. El Nacionalsindicalismo apuesta sin reserva por la vecindad y el trabajo como los dos ámbitos sociales donde la democracia puede ser ejercida de forma más directa.  

Cuando el punto seis insiste en que “la representación popular se establecerá sobre la base de los municipios y de las corporaciones” quiere significar, grosso modo, que el Nacionalsindicalismo aboga por un sistema democrático (sólo hay representación en democracia); que esta democracia debe ser directa y ejercerse a través de la elección de alcaldes (municipios) y representantes sindicales (corporaciones). Pero no sería del todo descabellado concluir que la forma del Estado nacionalsindicalista respondería a un sistema bicameral integrado, respectivamente, por representantes elegidos en el municipio y por representantes elegidos en la empresa. El procedimiento es simple. Los ciudadanos eligen democráticamente a sus representantes. Por elevación, estos cargos electos proceden posteriormente a elegir entre sus miembros a los representantes en los órganos intermedios del poder legislativo y ejecutivo (comarcales, provinciales, regionales, etc.). Y, finalmente, los órganos superiores de esta estructura intermedia designarán entre sí a diputados (todos ellos alcaldes) senadores (todos ellos delegados sindicales). De tal modo y manera que cuando un español elige a su alcalde o a su representante sindical puede estar eligiendo, sin saberlo, al próximo presidente del gobierno. 

Debemos adelantarnos a una posible objeción. Es cierto que José Antonio da un amplísimo rodeo para expresar una idea que bien puede resumirse con una sola palabra: proximidad. Claramente, el efecto inmediato que produce este sistema de elección es que el elector conoce personalmente a sus representantes y puede debatir con ellos de forma directa en asambleas periódicas. El modelo se torna especialmente efectivo si se recupera la fórmula del mandato imperativo, hoy proscrita en la Constitución.

En realidad, José Antonio desliza en este mecanismo simple de elección su propia visión naturalista y organicista de las cosas. El valor del municipio y del centro de trabajo como jurisdicciones electorales no sólo responde al aludido criterio de proximidad. Su designación corresponde a su cualidad de unidades orgánicas y naturales de representación, según su criterio. “Nadie ha nacido nunca miembro de un partido político; en cambio, nacemos todos miembros de una familia; somos todos vecinos de un Municipio; nos afanamos todos en el ejercicio de un trabajo”, expone en el Teatro de la Comedia. Hay una razón para ello. Todos las partes de un organismo cumplen efectivamente una función; pero  –aquí está la clave-  el conjunto de esas  funciones persigue una finalidad. Como el Estado nacionalsindicalista es esencialmente un dispensador de finalidades, un marcador de proyectos de futuro (universales), José Antonio cree haber hallado una fórmula para garantizar la alianza “orgánica y natural” entre la sociedad y el Estado. El Santo Grial de la política, por lo demás. Sin embargo tal alianza, en caso de producirse, responde más a la voluntad voluble de los individuos que a estas misteriosas fuerzas centrípetas tan caras al pensamiento conservador.            

Los párrafos precedentes representan una somera exposición del cuerpo o nave central del Nacionalsindicalismo. Éste cuenta además con unos fundamentos –el denominado como humanismo falangista-  y con unos desarrollos  –la ulterior descripción del llamado Estado nacionalsindicalista-. La amplitud y, especialmente, la trascendencia de ambos objetos de estudio merecen de un tratamiento independiente que será abordado en su momento. Gran júbilo sería que las conclusiones finales nacieran del debate.

Juan Ramón Sánchez Carballido. 


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