El pasado 14 de febrero el Secretario de Estado de los Estados Unidos de América, Marco Rubio, fue el encargado de pronunciar el discurso inaugural de la 62ª Conferencia de Seguridad de Múnich. Su alocución vino a ser una invitación expresa a Europa para desmontar, juntos, el mundialismo y promover el retorno del concepto de la soberanía nacional. Invitación a Europa, no tanto a la U.E., lo que constituye un matiz significativo. Pero esta exhortación a cambiar el mundo ofrece una duda más que razonable al ser Marruecos el principal beneficiario de las políticas fronterizas neoliberales de la Europa de la U.E. Para recuperar la soberanía perdida, ¿acaso sugiere el Secretario Rubio la necesidad de abandonar el compromiso europeo con el pleno desarrollo industrial del régimen alauí? Dado que en Marruecos se reproducen todos los factores perniciosos del globalismo desgranados en el famoso discurso, punto por punto e incluso ampliados, estaríamos tal vez ante una posibilidad. Y, en caso contrario, ¿qué hacer con Marruecos para que no ejerza como ejemplo palmario de la inmadurez e incoherencia del nuevo orden mundial de Trump?  

El discurso

El influyente político de ascendencia cubana comienza asegurando que los Estados Unidos y Europa conforman una alianza histórica consolidada durante su lucha fronteriza contra el comunismo, contra Rusia. La victoria sobre el boque oriental simbolizada en la caída del muro de Berlín condujo, más allá de a una simple restauración territorial de Europa, al reingreso de la Europa del Este en la civilización occidental. Lo que al otro lado del telón se denominaba como “bloque capitalista”, simplemente y quizás con mayor acierto.

Pero la victoria contra “el imperio del mal” también trajo consigo efectos indeseables como la sustitución de los valores y principios de la civilización, que se pretendían salvaguardar, por los principios más dogmáticamente liberales. “Una idea descabellada”, en opinión de Rubio, que señala una cadena de errores de juicio sobre la capacidad y voluntad de conversión de todas las naciones en democracias liberales, la sustitución de la idea de nación por los vínculos creados por el comercio, el decaimiento del concepto de interés nacional bajo el peso de un orden mundial “basado en normas” y la erección de un mundo sin fronteras del que todos serían ciudadanos iguales en derechos y obligaciones. En conjunto, estos elementos conformaron una visión distorsionada de la realidad y la dogmática neoliberal sobre un libre mercado mundial sin sujeción a cualquier clase de restricciones. Laissez-faire, sí, pero absolument. El hecho de que esta ideología sea un producto netamente anglosajón, y que tuviera en Reagan y en Thatcher a sus principales impositores, son detalles en los que no parece querer reparar. 

A su modo de ver, que ahora parecen compartir antiguos propagandistas de esta misma teología neoliberal del mercado, la consecuencia más catastrófica para el ente euro-americano-occidental ha sido el profundo debilitamiento de las economías nacionales frente al fortalecimiento de la economía deslocalizada. Pero economía deslocalizada significa, en la práctica, economía de países terceros. Al caer en esta trampa, Occidente ha renunciado a su propia prosperidad para fomentar la prosperidad más allá de sus fronteras. Con todo, los males no terminan ahí. Su actitud autolesiva ha sido detectada y aprovechada por terceras naciones que, actuando en sentido contrario, han protegido férreamente sus propias economías mientras crecían a costa de la inversión occidental. En un segundo estadio, y siempre gracias a esa prevención, cobraron el impulso suficiente para lanzarse sobre una víctima inerme que, si en otro tiempo pletórica de energía, hoy está bajo los efectos de un decaimiento voluntariamente adquirido. La estrategia elemental consistió en subvencionar “a sus empresas para socavar sistemáticamente las nuestras, cerrar nuestras fábricas, desindustrializar amplios sectores de nuestras sociedades, deslocalizar millones de puestos de trabajo de la clase media y trabajadora, y confiar el control de cadenas de suministro críticas a adversarios y rivales.”

La situación viene a agravarse por cuanto el dogma neoliberal no sólo proclama el decaimiento de las fronteras físicas para trasladar empresas en ubicaciones más rentables sino, también, para trasladar aquí “una ola sin precedentes de migración masiva que amenaza la cohesión de nuestras sociedades, la continuidad de nuestra cultura y el futuro de nuestros pueblos.”

En realidad, las palabras del Secretario de Estado llegan con más de treinta años de retraso sobre las conclusiones ya alcanzadas por toda la derecha asistémica europea desde 1992, fecha de publicación del famoso ensayo de Francis Fukuyama sobre el fin de la historia. Y es que la desnudez del Rey neoliberal fue siempre una clara evidencia para quien quiso verla. Tan “trascendental” discurso no tiene nada de original si exceptuamos, quizás, su escepticismo climático y la sempiterna llamada al rearme militar (con material norteamericano, claro está.)

Y Marruecos

A pesar de la sólida lógica con la que está construido, el discurso tampoco resulta convincente. Defecto que debe achacarse a un Marco Rubio vacilante en citar cuáles son esas terceras naciones que esquilman el occidente neoliberal. Para hacerse creíble no requería mostrarse tan abstracto, generalista, impreciso y esquivo frente a su auditorio. Ni China, ni Rusia, ni India, ni MERCOSUR ni el Sudeste Asiático: el gran depredador de Europa, el gran beneficiario de las políticas neoliberales transfronterizas de la decadente Europa, tiene un solo nombre y es el de Marruecos. Y lo es por imposición de los propios EE.UU., erigidos ahora en teóricos defensores de los intereses “nacionales” europeos en cuanto concomitantes con los intereses que le son propios.

Si la denuncia de Rubio se dirige a la desindustrialización, buena parte de los sectores automovilístico, aeroespacial, energético, alimentario o textil han trasladado parte o la totalidad de su producción a Marruecos. Un país que hace años rebasó ya su modesta intención de convertirse en el granero de Europa para desplegar, en estos momentos, un gigantesco plan estratégico de desarrollo que conllevará el retroceso industrial de la UE, inevitablemente.

Si la denuncia se centra en la marea migratoria, Oriente Medio y Norte de África son las principales zonas de procedencia de esta población teniendo, en particular, la marroquí una especial incidencia en Francia, Italia y en España. Resulta imposible encontrar información actualizada sobre el volumen real de este grupo humano, que hace un lustro rebasaba ya los tres millones y que no ha cejado de crecer por vía legal e irregular. Cuando el inefable presidente norteamericano se refiere a la espantosa invasión de la que es objeto Europa habla, midiendo muy bien sus palabras, de un problema con origen fundamentalmente en Marruecos.   

Retomando, entonces, la cuestión inicial, ¿aboga directamente Marco Rubio por deshacer la asociación privilegiada de la UE con el régimen alauí, encarnación más evidente de las siete plagas que nos afectan? Por supuesto que no. El sólo planteamiento de la cuestión resulta tan ridículo como los esfuerzos de mal vendedor de Marco Rubio por armonizar su doctrina neosoberanista occidental con el trato de favor, único y sin límites, que se exige a Europa para el nuevo mejor amigo de América que es Mohamed VI.  

Marruecos supondría un gran enigma en sí mismo. Así cómo no tienen cabida contra él las acusaciones de narcoestado a pesar de ser el primer productor mundial de cannabis, tampoco las soflamas contra la deslocalización, la desindustrialización y la inmigración masiva tienen efectos cuando lo involucran, a pesar de ser su más indiscutible beneficiario. Un gran enigma si desconociéramos el contenido de los Acuerdos de Abraham, concebidos para quebrar la unanimidad árabe en el conflicto de Palestina y el posterior genocidio de Gaza. La entrega absoluta del régimen alauí a la defensa de los intereses de Israel ha convertido a Marruecos en intocable bajo la protección estrechísima de los EE.UU. Y no sólo en intocable: hay que beneficiar a Marruecos en todo y a cualquier coste.  

Pero Marruecos (todavía) no es Europa. La terrible contradicción que se plantea entre un Occidente soberano y el consentimiento de un país depredador sólo podría solventarse con medidas extremas. Medidas que ya han sido cursadas por los Estados Unidos: que Marruecos sea incorporado al núcleo duro del bloque occidental por vía de su INTEGRACIÓN en Europa. De iure o de facto, eso no importa mucho. Merced a esa integración Europa ya no deslocaliza su industria en Marruecos ni Marruecos envía olas de inmigrantes a Europa: ambos acontecimientos se producen ya en el contexto de la libre circulación de bienes y personas dentro de una misma frontera interior. Debe asegurarse con carácter absoluto que Marruecos quede dentro del perímetro europeo antes de clausurar nuevamente los pasos fronterizos.

Bruselas, Estrasburgo, Washington, Tel Aviv y Rabat trabajan afanosamente en esta integración euro-marroquí. Ursula von der Leyen, presidenta de la Comisión Europea, lo deja meridianamente claro en octubre de 2025: “Ha llegado el momento de una MAYOR INTEGRACIÓN. Debemos simplificar los negocios entre nosotros. Debemos crear nuevos vínculos entre nuestras industrias, nuestras universidades y NUESTRAS INSTITUCIONES. Por eso, hoy hacemos una clara propuesta a nuestros vecinos: creemos un Espacio Mediterráneo Común, con el objetivo de una INTEGRACIÓN PROGRESIVA ENTRE NOSOTROS”.

Tal vez se entienda mejor así tanto la incomprensible postración de los intereses de Europa a los de esa pequeña dictadura norteafricana como la vacuidad del discurso del “número dos” de Donald Trump ante una recua de aplaudidores profesionales.    

 

Juan Ramón Sánchez Carballido.