Miguel Ángel Loma

En una monarquía parlamentaria como la española, pocas obligaciones se le exigen a un monarca que por prescripción constitucional es inviolable e irresponsable (bueno, la Constitución dice que su persona "no está sujeta a responsabilidad", que suena mejor). Menos aún se le exige al Príncipe heredero. Prácticamente una sola cosa: que se empareje adecuadamente y provea de sucesión a la Corona, por aquello de asegurar la continuidad biológica de la institución, que, según algunos, es una de las ventajas que ofrece la monarquía frente a otras formas de Estado más plebeyas. El cumplimiento de esta gozosa servidumbre por el joven Príncipe comienza a demorarse demasiado, preocupando a algunos padres de la patria, que no quieren ni pensar lo que podría ocurrir si por causa de un malhadado suceso desapareciera nuestra altísima majestad, y operara la sucesión a la Corona en la dinastía Marichalar.

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Por Pedro Miguel López Pérez, Sociólogo.

Con frecuencia, a veces más de la deseada, oímos a alguien que afirma que la universidad ha perdido el norte, que se ha convertido en poco más que una fábrica de parados y que su utilidad para la sociedad actual es más bien escasa. Independientemente de que dichos comentarios me parezcan desafortunados, no es menos cierto que la universidad, en no pocas ocasiones perdida en debates y luchas políticas ajenas a la propia universidad, ha dado pié a que esos sentimientos se hayan propagado. Sin embargo, otras veces la institución universitaria demuestra una agilidad fuera de toda duda, adelantándose incluso a determinados debates sociales. Así ha ocurrido en la Universidad Internacional de Andalucía (UNIA), donde recientemente se ha celebrado un curso titulado "La reforma del subsidio agrario. Una perspectiva socioeconómica.

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Juan Francisco Glez. Tejada

Hoy he vuelto a encontrarme con una amiga Peruana casada con español, española ella de derecho y por ende de hecho.

Las fiestas de nuestro barrio de la Elipa están celebrándose estos días, en Madrid. Me comentaba mi amiga que ayer Viernes cuando esperaban la actuación de un grupo musical con algunos de sus compatriotas, para compartir con ellos la alegría de las fiestas, y el orgullo de celebrarlo como un colofón al trabajo semanal bien realizado, un ESPAÑOL (¿español?), queriendo hacerse paso entre la multitud se enzarzo con un hermano hispano, hombre dialogante donde los haya, trabajador infatigable. Este energúmeno con DNI que dice que es español la emprendió a muerdos con el, haciéndole daño visibles en sus rostro, lejos de ejercitar lo que unos piensa que el hombre tiene en la cabeza superior a los animales y otros lo localizamos en el alma. Este energúmeno, en su interpretación PROGRESISTA DEL PATRIOTISMO, que a tenor de sus antecedentes policiales tienen como fin tumbar sobre el suelo patrio a todos cuyo rasgo físico, lingüístico se distancia de su ideal de la patria, leyenda tan bárbara como la ocupa la vida de los que en norte de España pretenden hacer de la leyenda HISTORIA.

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Miguel Ángel Loma

Consciente de vuestra misión de pastores, me dirijo a vosotros con la esperanza de ser atendido. La crudeza y obscuridad del momento presente, tras la propuesta independentista lanzada por el gobierno nacionalista vasco, reclaman vuestra palabra pública y explícita. Muchos ciudadanos, aún confusos tras algunas afirmaciones vertidas en vuestra última carta pastoral, la están esperando.

Somos numerosos los católicos españoles que, aborreciendo de manera pública el terrorismo con las palabras y los hechos, nos sentimos justamente heridos cuando comprobamos cómo se identifica a una parte considerable de la Iglesia vasca con posiciones políticas de un nacionalismo étnico y excluyente. Sean cuales fueren las relaciones existentes entre quienes agitan el árbol del odio y entre los que recogen y administran sus frutos, nos preocupan algunas consecuencias sombrías que prevemos como sólidamente probables, y que aún podrían evitarse con la influencia y ejemplo de vuestra palabra y testimonio.

De persistir el gobierno vasco en su desafío, es muy probable que la división y confrontación dentro del propio seno de vuestra comunidad, y con el resto de comunidades españolas, se agudicen. Es necesario optar por la paz, pero sin olvidar la justicia ni manipular la verdad. Menos aún, cuando tal manipulación tiene como objeto a los más pequeños de nuestros hermanos, envenenados diariamente en centros escolares con la falsificación de la enseñanza de nuestra historia común, y engendrando en sus inocentes almas el odio hacia todo lo que signifique España, nombre que eludisteis mencionar en vuestra carta, sustituyéndolo por eso otro de "Estado español". La manipulación de las conciencias infantiles es un asunto muy grave y sobre el que debierais tener una especial atención porque, tanto los niños como los acosados por el terrorismo, son la parte más débil e indefensa de nuestros hermanos.

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Miguel Ángel Loma

El grave desafío que mantiene el gobierno nacionalista vasco ante la ilegalización de Batasuna (que no ha suscitado alarma epistolar en los obispos vascos), y la nueva ofensiva criminal de los etarras, confirman que en la batalla definitiva contra los asesinos y quienes les amparan, no podremos contar con la colaboración de los chicos de Ibarreche, que con su actitud caminan consciente y paulatinamente hacia el borde del precipicio. Catedráticos en la sutil dialéctica de la ambigüedad, la derecha nacionalista vasca va agotando su magisterio a golpe de piroctecnias jurídicas, situándose en una incómoda posición que comienza a preocupar también a sus colegas separatistas del resto de España.

De persistir el gobierno de Ibarreche en su reto, y por mucho que se lo piensen Aznar y Zapatero, no quedará otra solución que acudir a las medidas extraordinarias del artículo 155 de la Constitución, precepto que causa demasiado respeto a nuestros legisladores, incapaces de despertarlo y ponerlo en práctica. Pero aquí caben ya pocos sueños y pocas esperas: o afrontamos el secuestro del país vasco con todas sus consecuencias y sin complejos, o corremos el riesgo de generar una situación aún peor, si cabe, de la que padecíamos.

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