La llegada de la Semana Santa nos pone de nuevo ante una sociedad cambiada y cambiente en sus más íntimas estructuras. La Semana Santa de oficios religiosos y recato en el vestir ha dado lugar a unas fiestas de primavera propicias para el primer viaje largo del año, el primer chapuzón en el mar o la visita a algún lugar de procesiones, pero en muchos casos vistas más como espectáculo cultural que como vivencia religiosa.

No cabe duda de que el viejo  esqueleto social se ha derrumbado. No es cuestión de volver la vista atrás, pero sí de preguntarnos: ¿qué hemos puesto en su lugar? El consumismo más feroz constituye a día de hoy el único valor fácilmente reconocible en el entramado social.

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Hace unos días escuché un comentario que consideraba que las elecciones municipales deberían tener lugar cada dos años, dado el ímpetu inaugurador que generan cuando están a punto de celebrarse y la aceleración que provocan en obras que en otros períodos son interminables.

 

Cada cuestión municipal o autonómica que se suscita se entiende en clave electoral por parte de los grandes partidos. Ambos se ajustan perfectamente a su papel y sus discursos son perfectamente intercambiables en función de que se encuentren en el poder o en la oposición, es decir, cada uno diría lo que dice el otro si estuviera en el sitio que las urnas han asignado al otro. Un perfecto paripé.

 

A lo largo del puente de mayo -macropuente en la Comunidad de Madrid-, se han producido diversos incidentes violentos en la capital en el barrio de Malasaña. Cómo no, los unos y los otros arriman el ascua a su sardina con una actitud claramente electoralista. En este barrio en el que ni siquiera existe acuerdo sobre su nombre, pues para unos es el Barrio de Maravillas y para otros el de Malasaña, se han producido incidentes violentos al pretender diversos grupos de jóvenes celebrar el 2 de mayo en la plaza del mismo nombre a base de un multitudinario botellón.

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Han pasado las elecciones, las últimas de nuestra democracia por ahora. Nos parece muy bien, pero después de casi treinta años de Constitución es hora de parar y pensar como se puede mejorar esta democracia con tantas precariedades y rigideces.

El falangismo democrático apuesta por un ensanchamiento de los cauces de participación pública: más y mejor democracia.

No hace falta salirse del sistema para perfeccionarlo. Con algunos reformas legales en nuestro sistema democrático sería posible la elección de representantes en listas abiertas en lugar de las cerradas y bloqueadas que ahora padecemos, sería posible elegir directamente a los alcaldes y no a través de listas de partido, sería posible una reforma del Senado que convirtiera esta institución en una cámara de representación territorial y no en una cámara de segunda lectura de funciones un tanto inutiles.

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¿Qué pensamos cuando les vemos llegar? Que son posibles competidores laborales. Que son demasiados. Que vienen a intentar cambiar nuestra manera de vivir... Los mejores decimos no tener nada contra ellos y sólo argumentamos que no hay trabajo para tantos, como si los movimientos de personas tuvieran que estar regulados por la ley de la oferta y la demanda: cuarto y mitad de inmigrantes para la cosecha siguiente…

 

No me he visto en la situación de ellos, por lo que me es difícil pensar como lo hacen ellos, pero alguna pista me da su actitud. Montados en cayucos, en ocasiones con sus hijos pequeños a cuestas, el esfuerzo que hacen por llegar supone un riesgo al que muchos de nosotros no nos expondremos en todas nuestras vidas. No creo que para ellos cuente demasiado la ley de la oferta y la demanda o ninguna otra ley que pueda venírsenos a la cabeza. En definitiva, el afán de supervivencia en algunos casos y el afán de mejorar una vida gris y mísera en la mayor parte de las ocasiones, es lo que pone en marcha las oleadas de inmigrantes que, con el buen tiempo, se incrementan hasta convertirse en noticia de todos los telediarios.

 

El drama de la inmigración es realmente el drama de la emigración, cuyas causas debiéramos estar cada día intentando eliminar, en lugar de sólo mirarnos el ombligo y hacernos cruces por tantos pobres nuevos que llegan a nuestras costas y aeropuertos.

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Eso nos decía Gabriel Celaya en su magnífica La poesía es un arma cargada de futuro y eso mismo se debe pensar al enterarse de una noticia ocurrida hace unos días y que ha pasado prácticamente desapercibida para los medios de comunicación y para la sociedad en general.

 

En Auckland, una ciudad neozelandesa, Folole Muliaga, una mujer de 44 años y madre de cuatro hijos, vivía gracias a la respiración asistida que le proporcionaba un aparato de oxígeno conectado a la red eléctrica.

 

Poesía para el pobre, poesía necesaria
como el pan de cada día,
como el aire que exigimos trece veces por minuto,
para ser y en tanto somos dar un sí que glorifica

 

Mercury Energy, compañía subsidiaria de la estatal Mighty River Power, responsable del suministro eléctrico en la zona, envió a un empleado para que cortase el servicio la luz en la casa de Folole ya que ésta se había permitido la osadía de no pagar la factura correspondiente a dicho suministro.

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